El Danubio Azul

jueves, 19 de agosto de 2010

La Boda



Abandona Munich

El ex rey Ludwig I de Baviera, tío materno de Sissi, acudió al palacio del duque Max en la Ludwigstrasse junto a su hijo rey, Maximilian II de Baviera, primo materno de Sissi. A los dos les acompañaban sus esposas: Ludwig llevaba consigo a Theresa de Saxe-Hildburghasen, en tanto que Maximilian llevaba consigo a María de Prusia. Todos aguardaron el instante en que Elisabeth, con sus padres y hermanos, abandonase su domicilio después de haberse despedido, uno a uno, de los criados. Miles de bávaros se arracimaban en la calle, dispuestos a presenciar la escena. Sissi no había recibido nunca tantos vítores, el clamor de cientos y cientos de voces elevándose en el aire para que ella se llevase el recuerdo de la simpatía de sus compatriotas. De pié en el carruaje, la princesa no pudo contener su emoción: nadie dejó de advertir que las lágrimas resbalaban por sus mejillas en tanto que agitaba un pañuelo sostenido en la mano temblorosa en gesto de saludo.
Era, simplemente, el inicio. El largo retén de carruajes emprendió la marcha en dirección a Straubing, para tomar un barco de vapor fluvial que llegó a Passau, el punto que marcaba la frontera entre Baviera y Austria, a las dos de la tarde del día 21 de abril de 1854. Dos barcos austríacos, lujosamente engalanados, aguardaban para escoltar desde ahí al vapor en el que se encontraba su "casi emperatriz". Llegaron a Linz, primera escala en Austria, alrededor de las seis de la tarde. En Linz se produjo una gran sorpresa. Por supuesto, esa ciudad se había volcado, en las semanas anteriores, para prepararle un gran recibimiento a la "casi emperatriz". El gobernador de la región se había encargado de ello, ayudado por alcaldes, oficiales del ejército, miembros del alto clero, etc. Lo que no se había previsto era que Franz Joseph estaría presente en la tribuna erigida junto al embarcadero en el que debía atracar el vapor. Pero Franz Joseph había acudido desde Viena a Linz porque se moría de ganas de ver de nuevo a su preciosa novia bávara, que unos días tenía que transformarse en su esposa. Se sabe que Elisabeth se entusiasmó ante el gesto solícito y protector de Franz Joseph. Los dos, con el señor gobernador, ocuparon el palco principal esa noche en el teatro de Linz para asistir a la representación de una pieza compuesta para la ocasión, bajo el título de "Las rosas de Elisabeth". Después, a la salida, ambos contemplaron un desfile de antorchas y una completa exhibición de fuegos artificiales en su honor. Franz Joseph salió hacia Viena al día siguiente, porque debía tomarle la delantera por tierra a la expedición que seguiría el curso del río. Él, de acuerdo con el programa establecido, tendría que acoger oficialmente a su novia y al séquito de ésta en Nussdorf, cerca de Viena. El vapor continuó su ruta, atravesando maravillosos parajes. Para Sissi, sin embargo, se trató de una experiencia dura: se pasaba horas enteras de pie, en cubierta, saludando amablemente a los cientos de personas que se habían agrupado en las orillas del Danubio, en cada ciudad y pueblo, con la intención de verla, siquiera de lejos. Ludovica, a su lado, intentaba infundirle ánimo a medida que transcurría el tiempo. Si Elisabeth logró resistirlo, sin embargo, fue gracias a las bromas y travesuras de sus hermanos menores -que se lo estaban pasando en grande en el curso de ese viaje-.


Recibimiento en el desembarcadero de Nussdorf

Por fín, a las cuatro de la tarde del 22 de abril, el vapor alcanzó Nussdorf. Franz Joseph, en uniforme de mariscal, saltó desde el embarcadero a la cubierta del pequeño barco para besar a Elisabeth, ayudándola después, en un gesto muy galante, a descender por la pasarela hasta tierra firme. Franz Karl y Sophie, los padres de Franz Joseph, saludaron entonces a Elisabeth, que, a continuación, recibió las atenciones de sus primos y futuros cuñados: Maximilian, Carl Ludwig y Ludwig Víktor. Un nutrido grupo de Habsburgos, tíos, primos, esperaron su turno para cumplimentar a Elisabeth. Después de que Sissi se quedase abrumada al contemplar el abigarrado conjunto de miembros de la corporación municipal de Nussdorf, diplomáticos extranjeros con sus consortes, militares de rango, arzobispos y obispos...aún le tocó mantener tipo mientras pronunciaba un almibarado discurso el cardenal Rauscher, a quien los vienes, justamente, apodaban desde hacía tiempo Plauscher ("parlanchín"). Sissi ya estaba al borde del colapso cuando se inició el desfile de carrozas. En la primera viajaba Franz Joseph con el duque Max, en la segunda Sissi con Sophie, en la tercera Ludovica con Franz Karl; las siguientes contenían al resto de familiares Wittelsbach y Habsburgo presentes en Nussdorf. El cortejo se adentró en Viena a través de la Mariahilferstrasse para dirigirse hacia el palacio de Schönnbrunn. Y allí, sacando fuerzas de flaqueza, sobreponiéndose a sí misma, Elisabeth hubo de presidir otra ceremonia en el Salón de los Espejos.
Después de esos días absolutamente agotadores, Sissi hubiese necesitado tiempo para reponer fuerzas, para recargar energía. Unos días relajados, con cura de sueño incluída. Pero, por supuesto, eso no entraba "en el esquema". Al día siguiente, después de una noche en Schönnbrunn que se le hizo muy corta, con los nervios a flor de piel, con la tensión reflejándose en su rostro, apabullada y extenuada a partes iguales, hubo de afrontar el desafío de la "entrada solemnísima en Viena". Los vieneses sabían que el impresionante cortejo seguiría una amplia ruta para ir desde Schönnbrunn hasta el Hofburg, en pleno corazón de la ciudad. Lógicamente, nadie quería "perderse el espectáculo" ni la ocasión de "echarle una ojeada" a esa muchacha a la que los periódicos, en un alarde de falta de imaginación, llamaban "la Rosa de Baviera". Los que tenían "cierta importancia" encontraron acomodo en las bonitas tribunas erigidas en distintos puntos del trayecto; los demás se arracimaban en las ventanas, en los balconcillos o en las aceras, algunos de pié encima de bancos, otros encaramados a los árboles. Por suerte para Sissi, esa vez le tocaba compartir la carroza con su madre, Ludovica, y no con su tía Sophie, con quien había viajado la víspera de Nussdorf a Schönnbrunn. Y digo por suerte para Sissi, porque la joven princesa, a la que habían colocado en la cabeza la diadema de brillantes y esmeraldas que le había ofrecido Franz Joseph la noche anterior, a la que habían embutido en un pesado traje de gala en rosa entretejido con hilos de plata con una larga cola adornada con guirnaldas de capullos de rosa, ya había alcanzado el límite. Si el día anterior, de Nussdorf a Schönnbrunn, había estado al borde del colapso, esa tarde, de Schönnbrunn a Hofburg, se vino literalmente abajo. En el interior del carruaje acristalado tirado por ocho caballos lippizaner, Sissi sollozaba convulsivamente ocultando su rostro en un pañuelo de encaje blanco mientras Ludovica intentaba, en vano, reconfortarla. Es muy de imaginar el estado emocional de Sissi el 24 de abril, día de la boda en sí. Desde que había abandonado Munich el 20 de abril, había tenido que resistir tres días absolutamente estresantes y agotadores. El "reventón en la carroza" la tarde del día 23 durante el traslado al Hofburg había aligerado un poco la presión que sentía en su interior, pero se encontraba muy floja en el aspecto físico y en el plano anímico. Todo lo que le estaba ocurriendo era sencillamente demasiado para que ella lo asimilase. El clan imperial, los cortesanos, el personal palaciego y el pueblo la observaban constantemente. No había podido encontrar ni un minuto de esparcimiento en las jornadas precedentes.

La Ceremonia nupcial

El casamiento representó otra prueba de resistencia, gracias al empeño del cardenal Rauscher "Plauscher" en pronunciar una extensísima homilía. Luego, otro desfile de carrozas de la iglesia de los Agustinos al Hofburg. Un banquete nupcial completaba el programa, pero ni siquiera a partir de ahí pudo relajarse.
Se sabe que la noche de bodas constituyó un desastre. Con su experiencia sexual previa adquirida a través de las "condesas higiénicas", Franz Joseph no fue capaz de crear la atmósfera apropiada para consumar el matrimonio con su jovencísima e inocente esposa. De hecho, los intentos del emperador se frustraron porque ella permanecía absolutamente rígida, contraída, incapaz de asumir esa "invasión" de su cuerpo. La corte entera se enteró de que esa noche "no había pasado lo que tenía que pasar". Con curiosidad morbosa, aguardaron la segunda noche...que supuso una repetición de la primera. Para Franz Joseph fue un mal trago, desde luego, tener que confesarle a Sophie que Sissi seguía virgen. A la frustración se añadía el sentimiento de humillación para el emperador. Es probable que Ludovica recibiese el encargo de "aleccionar convenientemente" a su hija Elisabeth, la renuente a cumplir con "el débito conyugal". En la tercera noche, se produjo por fín un acto sexual que quizá desfogase al emperador, pero supuso un trance amargo para la emperatriz. Para empeorar las cosas, Sophie y Ludovica no se anduvieron con contemplaciones ni delicadezas a la mañana siguiente. Irrumpieron las dos en los aposentos de la pareja, para cerciorarse que por fín había existido conocimiento carnal. Según Sophie, el emperador las invitó a desayunar con ellos. Más bien da la sensación de que Sophie y Ludovica forzaron esa invitación del emperador. Sissi consideró la escena terriblemente incómoda y violenta. Esas tres noches arruinaron el encanto que hubiera podido tener, a ojos de Sissi, su romance con Franz Joseph. En años sucesivos, la emperatriz demostraría una actitud reluctante o de clara aversión hacia el sexo, una consecuencia, seguramente, de lo acaecido a raíz de su boda. Cabe pensar que quizá un poco más de sensibilidad y habilidad por parte de Franz Joseph hubiesen evitado ese "trauma" a Elisabeth, pero al emperador tampoco le ayudaron las circunstancias. No pudo, por ejemplo, llevarse a su mujer, al acabar el banquete nupcial, a algún bonito palacete en el que estuviesen sólo acompañados por los sirvientes estrictamente necesarios, para, en un ambiente sosegado, cortejarla poco a poco hasta que los acontecimientos fluyesen de manera natural en la dirección marcada. Su intimidad estuvo expuesta a la atención general, un asunto que en cualquier pareja se considera de ámbito muy privado allí adquiría una trascendencia pública. Franz Joseph y Elisabeth se vieron en una posición bastante bochornosa durante tres días, lo que repercutiría en su matrimonio a largo plazo... A decir verdad, se había establecido, de antemano, que la pareja dispondría de una breve "luna de miel" en el bello palacete llamado Laxemburg, a las afueras de Viena. Pero esa "luna de miel" se les concedería varios días después del día de la boda, porque previamente debían cumplir un extenso programa confeccionado para que el emperador presentase a la flamante emperatriz a delegaciones que habían llegado a la capital desde los distintos puntos del imperio. Esa Sissi machacada por las jornadas previas a la boda y afectada en lo más hondo por lo que había sido la consumación de su matrimonio, tuvo que aguantarse por unos días para recibir, sonriente y afable, a los representantes de la Alta Austria, la Baja Austria, Carintia, Estiria, Carniola, Hungría, Bohemia, Bucovina, etc. El 27 de abril hubo un gran baile de corte, en el que Johann Strauss dirigió a la orquesta para que interpretase sus "Elisabethskänge", una brillante serie de valses compuestos ad-hoc. El 28 de abril, los emperadores, con sus familiares, asistierona una fiesta celebrada en el Prater para "el pueblo de Viena". Elisabeth lo había pasado mal en el baile de gala del 27, pero lo pasó muy bien en la fiesta popular del 28, que incluyó una función del entonces célebre circo Renz. La emperatriz disfrutó como una niña con los arriesgados números de los trapecistas y con una exhibición ecuestre de jinetes-acróbatas vestidos con ropas medievales. Casi todos los aristócratas encontraron un nuevo motivo de burla en el hecho de que su soberana prefiriese esa clase de "distracción". Otro gran baile celebrado en el Picadero de Invierno y en los salones de los Reductos pusieron el broche de oro a una semana que Ludovica, madre de Elisabeth, consideró una auténtica maratón. La parte mala fue que los duques Max y Ludovica, con sus demás hijos, abandonaron a continuación la capital austríaca para tomar el camino de vuelta a la capital bávara. Sissi había dependido mucho, en esos días, de la presencia de sus padres y hermanos. Su hermana mayor, Helena, que entre tanto ya no lamentaba en absoluto no haber sido ella la novia imperial, se había convertido en su confidente, su paño de lágrimas, su consuelo. Las dos se pasaban horas hablando en inglés, idioma que nadie en la corte austríaca entendía; el inglés parecía, así, su código secreto, lo que las llenaba de satisfacción. Despedirse de sus padres y de sus hermanos representó una enorme pena para Sissi. La parte buena era que empezaba su "luna de miel" en Laxemburg. Pero Sissi descubrió casi de inmediato que se trataba de una "luna de miel" bastante peculiar. Su marido debía desplazarse cada mañana al Hofburg, para cumplir sus tareas de despacho, y no volvía a Laxemburg hasta la tarde. Ella pasaba sola todas esas horas...demasiadas horas. Para colmo, Sophie la visitaba "a diario" para "hacerle compañía". Y cuando no estaba Sophie, la joven se sentía vigilada por su propia camarista mayor, Sophia de Liechtenstein, condesa viuda de Esterhàzy. Esa Sophia de cincuenta y seis años, amiga íntima de la archiduquesa Sophie, se chivaba a la suegra de cuánto hacía la nuera. En opinión de Sophia, por ejemplo, Sissi se mostraba demasiado franca y accesible con las jóvenes damas de honor, Paula Bellegarde y Caroline Lamberg. La archiduquesa Sophie, informada por Sophia, enseguida le explicó a Sissi que una emperatriz no podía ser amiga de las damas de honor. Así que Sissi, privada de su marido, privada de la ocasión de entretenerse con sus damas de honor, vigilada por la camarista, disciplinada por la suegra...tuvo una "luna de miel" empapada en lágrimas. Pasaba el tiempo componiendo poemas en los que lamentaba haber abandonado su patria y se quejaba de haberse encontrado de pronto encerrada en una jaula de oro. Otros versos, más comprometedores, revelan que añoraba la época en que había estado enamorada de Ricardo, el conde muerto en plena juventud. Esa melancolía depresiva de Sissi no era, obviamente, lo que correspondía a una recien casada... Finalizada la "luna de miel", Franz Joseph y Elisabeth acometieron su primer viaje oficial. Se había escogido con mucho cuidado el lugar que se vería distinguido de esa manera. En realidad, la elección final se produjo claramente a instancias de la archiduquesa Sophie.



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